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Presentación del libro ¿Por qué creemos? 

Una explicación para la evolución humana,

de Sergio Aranda Klein

Casa Colorada, 25 de Agosto de 2006

 

Cuando un biólogo como yo es invitado a participar en la presentación de un libro llamado “¿Por qué creemos?”, no puede evitar el temor de verse envuelto en polémicas que nada tienen que ver con la biología. Y este temor bien podría justificarse en una advertencia que el autor hace en las Notas Previas del libro, donde aclara que la motivación principal que tuvo para escribirlo fue el responder a una hipótesis planteada por Richard Dawkins en el ensayo titulado “¿Para qué sirve la religión?”. Es bien sabido que Dawkins es un biólogo darwinista amigo de enfatizar los fundamentos genéticos de lo vivo y con una influencia enorme lograda acuñando frases golpeadoras, tales como “los seres vivos son sólo envoltorios de genes”. Pues bien, Aranda cambia la pregunta de Dawkins, “¿Para qué sirve la religión?”, por otra pregunta, “¿Por qué creemos?” y, dedicándole su libro a Charles Darwin, deja en claro cuales son sus referencias. Sólo agregaré que, al final del libro y tal vez cuando ya no lo esperábamos, Aranda responde no sólo su pregunta sino también la de Dawkins.

Sergio Aranda nos hace saber desde un comienzo que su línea de argumentación se encuadrará dentro de la tradición racionalista. Nos dice: “la naturaleza no tiene propósitos, no hace juicios de valor y no tiene opinión. Las cosas simplemente son (p.74). A su vez, tampoco hace concesiones a aquella tradición que hace de la complejidad del hombre una prueba de su condición excepcional frente a los otros seres vivos, y agrega: “los seres humanos no somos ni más complejos ni más sencillos que otros animales, somos tan diferentes como diferencias puedan haber entre distintas especies” (p.128). Entenderemos, pues, que el hombre es un fenómeno biológico y, por consiguiente, que es desde la biología que tendremos que buscar su explicación.

Pues bien, a sabiendas de que somos un caso particular más de lo vivo, ¿cuáles serían, pues, nuestras particularidades? Algunas de ellas, las anatómicas, son muy evidentes: un gran cerebro y el caminar erguido. Sergio Aranda argumenta que ambos rasgos están ligados y, arriesgando un conflicto con la evidencia paleontológica, sostiene que la capacidad de aprender antecedió a la posición erguida. Y también incluye dentro de nuestras singularidades la capacidad humana de vivir en un abanico gigantesco de ambientes. ¿Cómo enhebra, pues, estas evidencias con su argumento? Recurre inicialmente a la distinción clásica entre conducta innata y adquirida y sostiene que “las especies que deben aprender tienen que tener un cerebro mayor que aquellas que obtienen su información de la herencia genética” (p. 33). A su vez, nos recuerda que “todas las especies de algún modo se relacionan con el entorno y de una forma u otra todas recuerdan” (p. 57). Y, haciendo el nexo, sostiene: “algunas  especies comienzan a utilizar los recuerdos como información aprendida para complementar la información genética” (p. 57). Este es un paso importante en la argumentación y debemos seguirlo con cuidado. Por una parte el autor sostiene: ”los homínidos rompen el equilibrio entre información genética y aprendida para hacerse más dependientes de la información aprendida”. Y, por otra, nos dice que capacidades de origen genético, como son “las habilidades instintivas para sobrevivir del conocimiento heredado” (p.35), son desplazadas por otra “capacidad de origen genético como es la de aprender (p.35). Es decir, una genética da lugar a otra, pero esta última genética es la genética de la indeterminación. La biología, pues, le abre espacio a la cultura sin dejar de ser su fundamento.

Para los más inquisitivos, esta paradoja ameritaría mayor claridad. Al respecto, el autor nos recuerda que esta mayor capacidad de aprender es inseparable de “la necesidad de dedicar más tiempo a la educación de las crías” (p. 57). Y convendría tal vez agregar que dicho período prolongado de aprendizaje podría ser la consecuencia de una menor velocidad en nuestro desarrollo, menor velocidad que tendría una regulación genética directa. De modo que la mayor capacidad de aprender sería el reflejo de algo que podríamos llamar una juvenilización o, incluso, una infantilización genética.

De aquí en adelante, las consecuencias del argumento se desprenden con fluidez. Aranda sostiene: “el cambio de la estructura morfológica hasta la posición erguida habría sido, en consecuencia, producto de la ocupación de diferentes nichos que es posibilitada por la capacidad de aprender” (p.39). Vale decir, nuestros ancestros, al volverse dependientes del aprendizaje, se abrieron a la posibilidad de colonizar nuevos ambientes, aprendiendo las destrezas que dichos ambientes exigen. Y el tránsito del bosque a la sabana habría sido una manifestación temprana de dicha capacidad de aprendizaje y la posición erguida, su consecuencia genética. Notable argumento para un darwinista.

Otra consecuencia que, según el autor, habría tenido este predominio del aprendizaje está más en línea con el darwinismo decimonónico. Aranda sostiene: “el conocimiento es nuestra particular herramienta de competencia y dominación, no tiene nada de altruista” (p. 56). Su argumento continúa: “a diferencia de la mayor parte de los nichos ecológicos, el disponible para las especies que se especializan en aprender abarca todos los existentes” (p.55). Y su consecuencia final: “aunque en el mundo natural coexisten diferentes especies en un mismo hábitat, en el caso del género Homo esto no es así; en este caso sólo es posible una sola especie del género por hábitat y como el hábitat lo es todo, sólo una especie será la que lo domine, eliminando en el proceso a todas las demás” (p. 55). No está demás decir que la evidencia paleontológica parece darle la razón.

¿Y qué hay con las creencias? Es en la segunda parte del ensayo que el autor retoma el compromiso que asumió junto con el título del libro. Partiendo de un requisito básico para el aprendizaje como es el recordar, Aranda supone que nuestros ancestros, con sus cada vez mayores cerebros, enriquecieron su capacidad de recordar experiencias previas con una capacidad de “recordar” experiencias que nunca existieron, es decir, con la capacidad de imaginar. Y agrega: “imaginar es el penúltimo paso, puesto que incluso es posible que otras especies puedan tener esa capacidad; sin embargo los seres humanos somos capaces de hacer algo más, algo que al parecer sólo nosotros podemos. Imaginar que algo es posible” (p. 90). Y concluye: “imaginar que algo es posible, es la definición más amplia de la palabra creer” (p. 94). El hombre es, pues, el animal que cree.
 
Refiriéndose a nuestros ancestros, Sergio Aranda nos dice: “sus primeras metas probablemente consistieron en tratar de imaginarse en el lugar de los predadores y actuar igual que ellos, es posible que para conseguir esto hayan tratado de imitar todos sus movimientos” (p. 98). Y la consecuencia del creer se transforma en acto: “emprender el camino de hacer lo que nunca se ha hecho, es el paso que termina por separarnos del resto de las especies. En este proceso la imagen creada en que nos vemos consiguiendo nuestro objetivo se transforma en la meta, el propósito, la justificación. Ningún cambio es posible si tal imagen no existe” (p. 97). “Para crear hay que creer” (p. 95).

Así, el hombre, ser que imagina lo que no es y que cree en ello, está condenado por su creencia a actuar sobre el mundo y modificarlo. No sin ironía, el autor nos dice: “es importante que un soldado imagine que la patria existe; si no, cómo podría enfrentar con valor al enemigo” (p. 114). Aunque también agrega: “perseverar a pesar de la evidencia en contra es lo que tienen que lograr las personas que crean las nuevas evidencias, las reglas que no existen y que se pensaron inicialmente imposibles” (p. 110). Y concluye: “cada creyente le reza a su propio dios, al que él es capaz de imaginar” (p. 107). “Imaginar es el acto de mayor libertad que pueda alcanzar el ser humano, no tiene límite alguno, no es posible coartarlo de ninguna forma ni por ningún medio” (p. 95). “En este universo paralelo están representados todos los anhelos humanos” (p. 106).

Para terminar, quisiera arriesgar una opinión personal. En relación al aprendizaje, el autor nos recuerda con acierto cuán crédulos son los niños: “que existen los Reyes Magos, que el hombre del saco nos llevará, que la nariz nos crecerá, que nos quedaremos chicos, que el ratón nos dejará monedas, etc.” (p.73). Y también agrega: “algunas personas se dejan arrastrar a sus propios mundos ficticios, como resultado de imaginar vívidamente situaciones que tienen la particularidad de afectarlos emocionalmente” (p.86). Ahora bien, si unimos ambos argumentos, cabe preguntarnos de dónde podría venir nuestra credulidad de adultos y cuál es el compromiso emocional que nos impulsa a creer. Y recordando nuestro origen como primates infantilizados, con una inmadurez permanente que es la base de nuestra plasticidad e inteligencia, tal vez creer en dios no es sino imaginar al padre –Padre Nuestro que estás en los Cielos-, figura proveedora – El pan nuestro de cada día dánoslo hoy- y protectora –Y líbranos de todo mal- que nuestra condición imaginativa e inmadura nos hace añorar. Gracias.

 

Carlos Medina
Biólogo

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